MANAGERS MEDIOCRES = EMPRESAS ENFERMAS
- 2 nov 2015
- 5 min de lectura

La asfixiante marea de la mediocridad
Hace unos días encontré un interesante artículo sobre el papel que tuvo el management, y su erróneo posicionamiento respecto a la gestión de emociones, en el deterioro y posterior hundimiento de una empresa y su marca que, hace apenas una década, era un referente y un valor muy solido en el entonces incipiente entorno digital, me refiero a Nokia.
En dicho artículo se describen diversos factores que, a medida que se fueron acumulando e instalando, degeneraron en una feroz competencia interna entre divisiones y egos de los Managers, que olvidaron al cliente e ignoraron las verdaderas demandas del mercado. Y así de cuando quisieron reaccionar ya era tarde y la competencia había invadido y ocupado no solo el espacio que ellos tenían, sino también aquellos de crecimiento a los que podrían aspirar. Estaban ahogados.
Reproduzco textualmente algunos párrafos del artículo que me parecen especialmente apropiados para el tema que voy a desarrollar a continuación:
“cada departamento se convirtió en un reino y cada directivo en un pequeño emperador”. "Todos estaban más preocupados por promocionarse que por el producto en el que estaban trabajando, una actitud que se extendió como las malas hierbas en el jardín”….“En ese entorno en el que todos querían sobresalir y nadie quería ser visto como débil o inadecuado, se produjo una dinámica peculiar que se retroalimentaba. La dirección no quería escuchar más que buenas noticias (nada de problemas, dilaciones o interferencias) de modo que los estratos intermedios se esforzaron en dárselas. A menudo los informes no eran ciertos, pero eran lo que los directivos querían escuchar, de modo que es lo que obtenían.”
“si se construye una organización en la que se premia el saber venderse, donde nadie quiere oír objeciones, donde se penaliza el sentido común, donde todo el mundo persigue su propio interés y donde no impera más que el corto plazo, no hay otro futuro que la decadencia.” Asi concluye Quy Huy, profesor asociado de Estrategia en INSEAD sobre este caso.
La lectura de este articulo evocó de forma natural en mi un fenómeno tristemente cada vez mas frecuente en las organizaciones, y que yo denomino como el efecto perverso de la marea de la mediocridad.
Con esta expresión me refiero a un fenómeno lento, paulatino y a su inicio casi inapreciable (de ahí su peligro), pero inexorable en su crecimiento y en la generalización correlativa de sus efectos empobrecedores y negativos.
Estas mareas no las componen personas mediocres per se: estoy convencido del carácter único de todo ser humano y por tanto no mediocre desde una perspectiva puramente antropológica. Estas mareas las crean y componen personas con actitudes y mentalidades mediocres.
Personas temerosas, excesivamente conservadoras, interesadas y anormalmente ambiciosas, que tienden a ocultarse bajo una capa de falsa humildad. Se encarnan en individuos solo externamente amables y cálidos, aparentemente receptivos y hasta competentes, y que en el fondo no son sino maestros en la corrección política, y en la gestión hacia arriba. Sujetos cuyo único fin es afianzar y si es posible acrecer su posición y poder en la organización, no tanto mediante el valor que realmente aportan al negocio (escaso e incluso peor que nulo) sino a través del nivel de adulación y simulada lealtad que son capaces de desarrollar. Individuos que además son capaces de atribuirse los méritos de otros, principalmente de sus equipos, aunque practiquen un "paternal" reconocimiento.
Creo que todos los lectores me están entendiendo, me refiero a los "pelotas", pero "pelotas" con poder.

Cuando los pelotas están en el poder
Esta relación, o mejor correlación positiva y directa, entre persona con actitud y mentalidad mediocre y “peloteo”, es bastante antigua e igualmente perniciosa, Y a pesar de no ser nueva, logra perpetuarse debido a la capacidad de estos individuos para establecer relaciones de (falsa) confianza, y de compromiso (a coste cero) con sus jefes (sobre todo), con algunos de sus colegas, e incluso de algunos colaboradores en la medida que les puedan necesitar (suplen su carencia de capacidad y les permiten colgarse las medallas que ellos no podrían alcanzar). Así, han llegado a convertirse en una especie bastante funesta para las Empresas, y que con frecuencia esta detrás del colapso de grandes y pequeñas corporaciones que no reaccionaron a tiempo. Como Nokia.

Porque cuando los sujetos de esta clase comienzan a proliferar y logran asentarse en niveles medios y altos de la Organización, tienden a reconocerse y entrelazarse con gran facilidad, constituyendo una especie de perversa red cada vez más tupida, cada vez más opaca y, lo que es peor, cada vez más letal para todo aquello o aquel que signifique innovación, audacia, diferenciación y diversidad, capacidad y competencia. Generan inseguridad, miedo y clientelismo en sus colaboradores, y solo el alineamiento ciego es garantía de supervivencia.
Cuando un miembro de esta red alcanza una posición de preeminencia en su organización (a menudo con unos requerimientos muy superiores a sus capacidades reales, pero en cambio muy en línea con su ambición) la cosa comienza a pintar mal: o significa el comienzo del fin o, en el mejor de los casos, son responsables del deterioro sostenido y creciente de los resultados durante varios años. Y lo peor es que no sucede nada, o durante mucho tiempo, no sucede nada porque reportan a otro mediocre como ellos, para quien la relación personal basada en "favorcitos", la ausencia permanente de malas noticias, la total sumisión y cierto gusto por la adulación, valen más que la verdadera capacidad, la competencia y el rigor, y en definitiva que los resultados.
Como ya he mencionado su peligro radica en esa aparente humildad y actitud servicial, con aire de estar totalmente comprometidos alineados e identificados, no tanto con la empresa (aunque lo parezca) como con el jefe y/o poderoso de turno, y así ganarse su confianza para poder extender su mediocridad y blindarse. Alguno he conocido que en su afán de identificarse con su jefe llego a mimetizarse hasta el extremo de vestir incluso los mismos complementos que él. Y ¿qué generan a su alrededor? Pues creciente mediocridad también. Nadie ni nada diferente o, mejor dicho, divergente puede arraigar y germinar y menos aún crecer y prosperar. Todo es prudente, correcto, casi rancio aunque se intente vestir de lo contrario.
Y claro el resultado una vez más es la competitividad por la adulación, la resignación, la mera supervivencia como actitudes colectivas. En definitiva el empobrecimiento paulatino en todos los órdenes que podría llevar incluso a la desaparición.
Una vez dicho todo esto, y para terminar, la pregunta que se me ocurre es: ¿qué podemos hacer para conjurar y evitar los efectos de esta marea? ¿Cómo identificar a estos colegas en su falsedad y su mediocridad, y aparcarles donde sean inofensivos o incluso apartarles de la organización? ¿Qué podemos hacer desde RRHH en este sentido? Esto lo debatiremos en un próximo post, entre tanto agradeceré mucho vuestras aportaciones, queridos amigos.


















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